Para que se pueda vender una empresa esta tiene que tener el tamaño suficiente y, sobre todo, una estructura empresarial que le permita ser independiente de su propietario.
Es preciso que la empresa tenga vida por sí misma y el fundador o propietario pase a ser, aunque relevante, un pasajero en la empresa. Solo en ese caso tiene sentido una venta a otro grupo empresarial o a un equipo directivo acompañado de una entidad de capital riesgo.
Esto es relevante, pues en muchas ocasiones el empresario “es la empresa” y cuando quiere venderla no se da cuenta de que la empresa sin él no tiene valor, pues en realidad él propio empresario juega un papel tan relevante que yéndose se lleva el valor con él.
En estos casos la empresa es invendible. Ponte en la piel del comprador, ¿Quién querría pagar por una empresa para después descubrir que no ha comprado nada, que todo lo que ha pagado se ha disuelto como un azucarillo al irse el propietario?
Son casos en los que el emprendedor no ha sido capaz de crear una estructura empresarial autónoma, no hay un equipo directivo capaz de tomar decisiones sin consultar, los clientes tienen un vínculo muy personal con el empresario y la razón de que sean clientes está precisamente en la presencia del empresario. En definitiva, depende la empresa tanto de él que sin él no funciona.
Si este es el caso, caben dos alternativas en caso de que por jubilación o enfermedad el empresario quiera abandonar el negocio: o preparar la empresa para la venta dotándola de estructura empresarial o, si no lo ha hecho, deshacer la empresa vendiéndola por partes: las máquinas, las naves, las existencias e indemnizando lógicamente los contratos que tenga, sean laborales o empresariales. Así de crudo.